Hace unos años me encontraba en el piso 21 de una torre en el Centro Histórico, laborando junto con mi colega en nuestra oficina que tiene una imponente vista del sur, poniente y norte de la Ciudad de México. En aquellos días, trabajábamos entresemana de seis de la tarde hasta las dos o tres de la mañana (pues yo tenía un trabajo de tiempo completo con horarios de oficina tradicionales) en el diseño del Memorial New’s Divine. Era común que en esos tiempos nuestros amigos y colegas de variadas disciplinas nos visitaran en nuestro estudio tanto para conversar como para disfrutar de esa gran vista sobre la Ciudad. Uno de ellos llegó un día bastante emocionado porque al despacho de arquitectura en el que trabajaba se le había ofrecido un proyecto interesantísimo: la recuperación de Avenida Chapultepec, una de las principales arterias de esta ciudad, desde Circuito Interior hasta la Glorieta de Insurgentes. Corría el verano del 2013 y nuestra mirada, desde allá tan arriba, viró hacia el poniente, hacia esa avenida, hacia dentro nuestro, hacia el sueño de una ciudad libre, posible, y democrática.
Hoy, a dos años, finalmente se ha hecho público el resultado de aquel “proceso” de proyecto. El 5 de agosto, la Agencia de Promoción, Inversión y Desarrollo para la Ciudad de México (ProCDMX) develó que Avenida Chapultepec se convertiría en un gran parque lineal que albergara actividades culturales y comerciales, así como una reorganización radical de sus vialidades de transporte. La noticia, acompañada de una característica falta de información ocasionada por el mismo Gobierno del Distrito Federal, explotó en redes sociales y de inmediato me vi sumergido, junto con una multitud de ciudadanos, en un mar de incógnitas. ¿Cómo es el proyecto ganador? ¿Por qué las imágenes muestran la construcción de un edificio a lo largo del kilómetro y medio de la avenida? ¿Cuándo se dieron las licitaciones públicas obligatorias para la elección de un proyecto tan complejo? ¿Se agudizará la gentrificación de la zona? ¿Qué instrumentos institucionales garantizarán que la gestión de los recursos para construir la obra se harán con total transparencia y fiscalización? Los propios albañiles que lo construirán, ¿podrán disfrutar de ese espacio? Artículos de opinión brotaron por los medios de comunicación, las preguntas crecían y la ProCDMX replicó que el 18 de agosto se daría a conocer el proyecto de manera oficial. En aquella fecha, conocimos con mayor certeza algunos aciertos del proyecto: que se reconocía que el actual diseño de la avenida dista mucho de lo que la Ley de Movilidad del DF de 2014 establece, que había que intervenirla para reconectar los barrios que hoy están divididos por la avenida misma, que hay una gran oportunidad de detonar a partir de este proyecto una nueva era de generación de espacio público para los habitantes de la Ciudad de México. Desafortunadamente, fueron más los detalles indeseables que el “Corredor Cultural Chapultepec” (CCC) develó, detalles como: que a través de un esquema de Asociación Publico-Privada (APP), el parque lineal se había concesionado, sin un adecuado concurso público, a un consorcio financiero, a una empresa administradora de centros comerciales, a una constructora y a un despacho arquitectónico. Detalles como que el resultado complejísimo del proyecto exigía una inversión privada de casi mil millones de pesos, que se construyeran de terceros y hasta vigésimos pisos sobre la avenida, que se concesionaran locales comerciales privados sobre metros cuadrados de espacio público… Que se hiciera pues, todo una farándula para un problema que sin lugar a duda es mucho más sencillo de resolver.
Mucho se ha escrito sobre el tema: sobre las exclusiones que puede generar, escrutinios de los documentos del proceso que llevó, beneficios de la duda, exploraciones alternativas, comparaciones con malas experiencias anteriores de gestión pública, entre tantos otros. Es esperanzador escuchar en las calles a los ciudadanos debatirlo y formular sus propias opiniones. En lo personal, yo estoy totalmente en contra de la construcción del Corredor Cultural Chapultepec por una sencilla, pero medular razón: no hubo proceso democrático para decidir el destino de un proyecto tan determinante para esa zona de la Ciudad de México y para los millones de habitantes que la transitan. No me interesa cómo se ve, qué va a hacer, qué servicios ofrecerá, los números de metros cuadrados de “espacio público”, los números de ventajas financieras, el tiempo de traslado que ahorra ni cuántos árboles se van a plantar: nada de lo anterior es válido si no hubieron consultas ni concursos públicos. ¿Cómo se puede construir un espacio público, por definición un espacio para las  horizontalidades, si su origen (y forma arquitectónica) es vertical? ¿Cómo puedes pretender que un proyecto discutido y determinado tras el velo de lo privado dé como resultado condiciones democráticas para que la ciudadanía ejerza sus derechos humanos? Es verdad, la abrumante mayoría de los proyectos públicos en México tienen el mismo destino, pero lo que también es verdad lo siguiente: cada día los ciudadanos de la Ciudad de México nos interesamos y ocupamos más sobre el devenir de nuestra propia urbe, cada día nos apasionamos más por ella, investigamos sobre ella, y proponemos sobre ella y exigimos ser escuchados, tomados en cuenta, y participar más allá de las encuestas gubernamentales. También lo siguiente es verdad: si el Corredor Cultural Chapultepec se construye tal cual, marcaría el día en que la calle se volvió un centro comercial (privado, semi-privado, da igual).  No señor Simón Levy. No. Usted no puede ni hará eso: esos metros cuadrados no son para hacer negocios que benefician a unos pocos. Son nuestros metros cuadrados.
Las plumas, con sus palabras, párrafos y peticiones no bastan para frenar al CCC. Si la ciudad está hecha de los sueños de millones, debemos dibujarlos con el lápiz y mostrarlos en público. Debemos demostrar con lenguaje económico, financiero, científico y artístico que otro Chapultepec sí es posible, pues ya existe en nuestra imaginación. Un grupo de ciudadanos ha lanzado una plataforma, donde están llamando a la ciudadanía a diseñar propuestas alternativas para la transformación del Corredor Cultural Chapultepec. Yo me sumo y te invito a que hagas lo mismo: demostrémosle al Jefe de Gobierno que hay un mejor camino para recuperar nuestras calles.
Pienso en la comunidad de Xochicuautla que pelea por proteger su bosque. Pienso en las comunidades indígenas en los altos de Puebla que resisten para cuidara a sus tierras. En la comunidad de Bachajón en Chiapas que lucha por defender su agua. Pienso en nosotros, los habitantes de la Ciudad de México, defendiendo nuestro propio “recurso natural”: aquellos metros cuadrados de espacio público donde brota la libertad, la democracia, las maravilla de lo urbano que es esa posibilidad de encontrarse y aprender con otros. El espacio entre mi casa y tu casa es la calle. El espacio entre tú y yo es nosotros: la ciudadanía viva. 
Defender el espacio público es defender el espacio político. Dejemos a un lado, por un brevísimo momento, pues los tiempos actuales no nos dan para olvidarlo tanto, la connotación tradicional del uso político del espacio público que típicamente queda reducido a la realización de marchas y protestas. Permitámonos voltear la mirada de nuevo a aquella palabra: político. Lo político como lo que surge entre tú y yo, entre dos personas: aquella interacción humana para cualquier fin, sea sentimental, cultural, comercial, académica, religiosa etc. Si quizá miramos hacia el Corredor Cultural Chapultepec con estos ojos y nos preguntamos “¿Qué permite y qué prohibe un proyecto así?” quizá entendamos mejor por qué debemos exigir que se revise el proyecto: nos daremos cuenta que se trata de una obra que nos limita más derechos de los que nos otorga, comenzando por el derecho a elegir el sueño de nuestra propia Ciudad de México.
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