Stilled by quiet loneliness:
What a deep, cold thought it is;
that I will never take a picture
of you asleep beside the sun on our bed.
El Primer Espacio
Me resulta imposible encontrar en mis memorias el primer espacio que me transmitió una sensación. Por más que las esculco, encuentro los mismos tres recintos: uno obvio que trabaja en la literalidad, uno intelectual que actúa desde la consciencia, y uno figurativo que dicta la ficción. El primero lo comparto con el resto de la humanidad: el vientre materno. El segundo lo viví ya siendo adulto: el interior de La Nueva Guardia (Die Neue Wache) en Berlín. El tercero es el puente que une a los anteriores: la primera vez que caí a una alberca sin saber nadar. Puedo hablar de esos tres espacios como si fueran uno, ya que a través de los tres, las mismas sensaciones me inundan. Me encuentro en un espacio contenido, puedo ver los límites inmediatos de este lugar, las superficies que me encierran en ella, son opacas, no permiten que la luz la penetre, y son un recipiente de un ambiente líquido (uno lo respiro, otro le soy inmune, y el último me asfixia). Este éter que nada dentro del espacio es transparente, totalmente transparente. Uno podría decir que para mis ojos no existe, pues no lo puedo ver, sólo puedo ver que es tan denso, las partículas que la conforman tan cerca uno a ella, como un gas condensado, que el tiempo dentro de él camina más lento. Esto lo sé porque cuando me muevo a través de este espacio, dando giro a mis brazos y aleteando mis piernas, siento que no me muevo aquí dentro como me muevo afuera. Mi caja torácica siente alguna especie de fuerza que la resiste cuando quiere girar. La lentitud me obliga a hacer cada movimiento más deliberado, resultando tan jaraboso que me permite calcular más de mil veces la electricidad con la que haré que ese tendón se contraiga un milímetro más para torcer mi muñeca izquierda y así poder jalar más de este éter y entonces hacer mi desplazo más dramático. Es la sensación de que piensas que vas a estar allí por toda la eternidad, y me digo: “Una inquietante paz me ha tomado preso de repente.” Estoy atento a cada una de las terminaciones nerviosas que hay en mi cuerpo, de cada poro respirando, de todas las emociones que inundan mi vientre, de la presión que está infectando mi garganta y lo turbio que en ese momento se vuelve mi mirada. Me siento vulnerable, tierno, inocente y necesitado de un abrazo. También siento como esa sensación desaparece cuando de repente volteo hacia arriba y descubro, por primera, segunda y tercera vez, a la luz. Descubro como hace visible aquel líquido en el que me sentía suspendido, y que las paredes están hechas de vidrio, tejido y piedra. Y al reconocer que el espacio entre mi cuerpo y aquellas paredes es sorprendentemente corta, me inunda una sensación de asfixia que me hace mirar nuevamente a los cielos y rogarle a la luz que me rescate de aquella inanición. Mi súplica es contestada: Un brazo aparece de la nada y me toma, jalando mi cuerpo con diferentes fuerzas en turno: la primera es tierna pero firme, la segunda es urgente y temerosa, la tercera es respetuosa y delicada. Toso. Una vez. Y otra. Y otra. Y otra. Despierto del espacio, y me llega aquella sensación que ahora recuerdo que siempre le sigue. Es la sensación de saber que no será hasta dentro de mucho tiempo que volveré a sentir esa paz.










